CORRIENTES CAPITAL | Sábado 16 de Febrero de 2019
     
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Confesiones

Mundos íntimos. Cuando supe que mi hija era lesbiana, luché contra mis prejuicios

La otra mirada. El 8 de setiembre publicamos la historia de una joven homosexual. Hoy ofrecemos una arista distinta: su papá cuenta cómo fue enterarse que su modelo de nenes y nenas no se aplicaba a Micaela.

La llegada de Mica a mi vida fue algo impresionante; me inundó de felicidad. Por supuesto, cuando te enterás de que vas a ser papá de una nena, te proponés cumplir con todos los arquetipos sociales: le comprás muñecas, vestidos, moños… cuanto artículo femenino esté a tu alcance. Así, mi hija fue creciendo y atravesando su niñez, ante mis ojos, con total “normalidad”.

Habrá quien se pregunte si en algún momento intuí algo, si alguna actitud o situación generó en mí la suposición de que aquella pequeña niña podía llegar a ser homosexual. Jamás. Creo que era algo tan grande que no lo vi, quizás por negación o acaso porque, en mi torpeza, nunca me detuve a observarlo. O tal vez haya sido porque no era un tema que verdaderamente me preocupase como padre, además de que Mica, a quien también debemos reconocerle algo del crédito, sabía ocultarlo muy bien. Lo cierto es que hasta aquella noche en la que a sus doce años vino y me dijo “Papá, quiero hablar con vos”, me mantuve en un estado de total ingenuidad, comprándole rosas y fucsias y peinando su cabellera a fuerza de secador de pelo, con la poca habilidad que nos caracteriza a los hombres para hacerlo.

Una noche, mientras preparaba la cena, mi hija apareció en la cocina y me dijo que quería conversar conmigo. “Bueno, hablemos acá”, le respondí. “No, tengo que hablar con vos en privado, papá”, replicó ella. En ese momento se me encendieron todas las alarmas; no me lo voy a olvidar mientras viva. Apagué las hornallas y le dije “Vamos a tu cuarto, ¿o preferís que vayamos a tomar un café?”.

Ella eligió la primera opción. Una vez allí, recuerdo con mucha emoción la forma en la que me miró y cómo las lágrimas comenzaron a brotar desde sus ojos. No era capaz de decírmelo. Entonces agarró su tableta y lo escribió: “Soy bisexual”. Mi reacción fue instantánea, lo único que pude hacer fue abrazarla con mucha fuerza y pedirle que no llorase, decirle que sus lágrimas no lo valían, que su papá la amaba y que todo estaba bien. “Lo que sí voy a pedirte es que tengas cuidado”, me nació advertirle, “no por vos, porque sos hermosa, nena. Pero el mundo te va a lastimar”.

Una de las cosas que más me entristeció fue no haberme dado cuenta antes. Salí del cuarto de Mica, fui a mi habitación, me senté en la cama y no pude parar de llorar. Me sentí perdido. Para colmo de males, la familia se encontraba atravesando momentos difíciles por cuestiones de salud de mi esposa, por eso la noticia terminó de abrumarme por completo.

Había visto dolor en las lágrimas de mi hija. Entendí que ella estaba muy triste, lo que me generó una gran angustia y sentimientos de reclamo y de bronca conmigo. Mis pretensiones como papá de una nena, mi analfabetismo social y las expectativas del mundo que, en definitiva, yo mismo había adoptado como propias, me habían dejado ciego. Se me cruzaron muchas ideas por la cabeza, pero una sola certeza: el navío debía seguir adelante. Lloré un rato, me lavé la cara y ya no cociné. Volví al cuarto de Mica, que para entonces se había acostado, le acaricié la cabeza, le di un beso y le agradecí, le dije que era muy valiente y que el hecho de que hubiese hablado conmigo me llenaba de orgullo.


Desde ese día al presente hubo un mundo que se abrió. En mi mente comenzó a librarse una batalla sin cuartel para derrotar un montón de viejas ideas, de temores o, como yo les llamo, de “soldados” que hasta ese momento ni siquiera yo sabía que llevaba tan arraigados dentro mío.

Caí en la cuenta de que la realidad era una sola y de que era yo quien debía resolver qué me pasaba con ella. Comprendí que mi hija no era responsable por lo que me sucedía, sino yo mismo que había entrado en conflicto con mis creencias.

De la noche a la mañana, me hallé en una lucha cuerpo a cuerpo contra todos aquellos preceptos que la sociedad y el “deber ser” me habían enseñado, discutiendo a diario con prejuicios tales como “es antinatural”, “no debe ser así”, “las nenas usan pollera”, “las nenas salen con nenes”, entre tantos otros. No fue nada fácil porque son ideas que atacan fuerte y que tratan de darte en donde más te duele.

Uno de los pensamientos que me atormentaba era que, por aquel entonces, mi hija habitaba un mundo de mucha crueldad: el de los niños. Los chicos son crueles porque te dicen las cosas en la cara. El problema no está en ellos, sino en sus padres que desde la casa les inculcan sus pretensiones y prejuicios. Los nenes sólo los repiten. Con esas sensaciones en mi cabeza, acepté que no iba a poder solo y decidí buscar ayuda, en parte para estar bien conmigo, pero primordialmente para poder auxiliar a Mica. Acudí a mi terapeuta con la sensación de encontrarme sin rumbo, preocupado e inmerso en una profunda angustia. “¿Qué hice mal?” me acuerdo que le preguntaba durante las primeras sesiones. El sentimiento de culpa fue uno de los que con mayor fuerza se apoderó de mí.

La sanación fue lenta, pero segura. Primero aprendí a ser piadoso conmigo y luego a no dejarme llevar por los fantasmas y por las elucubraciones que el entorno me iba transmitiendo, por ejemplo que mi hija debía haber sido víctima de un abuso por parte de algún familiar o vecino y que por eso se había vuelto bisexual. Pienso que uno de los logros más importantes en ese proceso fue el haber dejado de buscar explicaciones, el haber podido comprender que no existía ninguna verdad oculta ni justificación razonable para lo que ocurría; sólo un sentimiento y una decisión por parte de Mica que yo simplemente tenía que aceptar. Esto me llevó un tiempo y el transcurso, como sucede con cualquier cambio, fue traumático. Sin embargo, lentamente comencé a ver el bosque detrás del árbol. Me descubrí dando a luz un montón de nuevas ideas, lozanas, llenas de aceptación y de vida, que me permitían expiar la culpa y empezar a habitar un mundo alternativo, un mundo en el que mi hija y yo podíamos compartir y disfrutar las cosas que a ella le estaban sucediendo.

Pero además de hallarme, debí invertir todas mis fuerzas en ser el mejor papá que me fuera posible. Rememoro una ocasión en la que mi terapeuta me dijo “lo que necesita tu hija no son lágrimas, son armas para poder defenderse”. Esa frase me sirvió para despertar. Sabía que aquel llanto de Mica y su necesidad de exteriorizar lo que estaba viviendo no sólo tenían por objetivo la aceptación de su familia, sino que eran también un pedido de ayuda desesperado.

En ese sentido, lo más importante fue poder quitarle de los hombros el peso de esa cruz que cargaba en soledad. Traté de estar más presente que nunca, de preguntarle por su día a día en la escuela y de recordarle por sobre todas las cosas que “ahí estaba su papá”, que pasara lo que pasara, atrás suyo tenía a su familia. Estoy convencido de que esas palabras constituyen el arma más poderosa que un padre puede entregarle a un hijo. Para ellos, los papás somos como superhéroes. Por fin, mi hija podía sentirse segura, porque ahora sabía que Superman la iba a proteger.

Desde esa convicción, pasamos tardes enteras dialogando. Dimos por llamar a aquellos espacios “la herrería”, donde forjábamos las armas que Mica necesitaba para poder defenderse. Durante los mismos, me avocaba a la tarea de escucharla y de brindarle la seguridad y los recursos de los que un adolescente “adolece”. Sin dudas fue la decisión correcta, porque la contrapartida del silencio, del ocultar, del mentir y del no enfrentar esa realidad es verdaderamente tremenda y condenatoria.

Para un nene que se siente solo y atacado, ese “tranquilo que está todo bien” puede ser la diferencia entre la vida y la muerte; puede entregarle la entereza necesaria para elegir no cortarse las venas y regalarle el deseo de abrir los ojos al día siguiente. Y al tiempo que mi hija se volvía más fuerte, yo comenzaba a serlo también. Fue así como un buen día se animó a blanquear por completo su orientación sexual. Con la espontaneidad de una charla entre confidentes, me dijo que “nunca le habían gustado los chicos”. A esa altura, por supuesto, eso ya no tenía importancia.

De todas formas, a las palabras hay que acompañarlas con acciones. Por eso, tal y como Mica describió en la nota que se publicó el 8 de setiembre en esta sección, cuando me enteré de que en el colegio tenían a mi hija amenazada con un arma blanca no dudé en aparecer con una docena de patrulleros en la institución. En esos momentos, lamentablemente extremos, es cuando uno más se da cuenta de cuánto ama a sus hijos. Cuando tu bebé sufre o está en peligro, los miedos, los preceptos, los prejuicios, el “qué dirán”… todo desaparece. Deja de importarte si es de River o si es de Boca, si le gustan las chicas o los chicos: es tu hija, la amás y no querés que nada malo le pase. Se trata de acompañarlos, de estar presentes; de que puedan sentirse apoyados y protegidos ante cualquier circunstancia. En mi caso, me valió horas en la comisaría, dinero invertido en abogados y más de una situación de tensión con algún padre.

Por lo general, los chicos como Mica buscan apoyo y se juntan entre ellos para poder contenerse los unos a los otros. Para mi grata sorpresa, de tanto en tanto empecé a encontrarme tomando un café y manteniendo charlas muy profundas con muchos amigos de ella que se encontraban a la deriva. Abrirles las puertas de mi casa, aconsejarlos y brindarles un refugio a través de la palabra fue y es para mí una gran satisfacción. Y aunque siempre he estado ahí para ayudar a un chico que aparece llorando y sumido en la más honda de las depresiones, debo decir que hubo ocasiones en las que también yo me sentí juzgado y mirado de mala manera por ser papá de una nena lesbiana. Dada mi personalidad, nunca pude quedarme callado. No me molesta la ignorancia, pero sí la malicia. Por eso, si una vecina me veía raro o profería algún comentario discriminador hacia mi hija dada la forma en la que se vestía o porque se había metido a la pileta del edificio con remera, era el primero en poner la cuestión sobre el tapete. A veces sólo derivaba en un intercambio amigable de ideas, a veces, en discusiones bastante más acaloradas.

Suelo recordar unas vacaciones en las que íbamos paseando con mi esposa detrás de Mica, que caminaba algunos metros adelante nuestro tomada de la mano con su primera novia. En ese momento, me dije: “Ya está”. Allí se encontraba la felicidad de mi hija, era tan simple como eso y no había imagen más elocuente para mostrármelo. Cuesta. Obvio que cuesta. De golpe, todo lo que te enseñaron en tu vida cambió. Pero la vida es para los valientes, y el premio al final del camino es muy grande. Visto a la distancia, me resulta difícil creer que me haya tomado tanto tiempo y que me haya ocasionado tanto sufrimiento el poder empezar a habitar ese nuevo mundo. Es más lo que uno pelea consigo por desnaturalizar y por concebir de nuevo sus propias ideas que la situación en sí.

Hoy en día tengo una relación brillante con mi hija. Somos muy compinches y la etapa que atraviesa -posterior a la adolescencia- nos permite compartir la vida como dos adultos, cada quien a cargo de su propia historia y, por fortuna, parte importante de la del otro. Soy un convencido de que Mica es una mujer madura, por desgracia, a fuerza de muchas cicatrices. También siento que a los argentinos todavía nos falta mucha cultura, mucho respeto por el otro y mucha honestidad para con nosotros mismos. Algo pude entender a través de mi experiencia: el problema no es del distinto, sino de todos los demás por no poder aceptarlo. Si tenés una hija como la mía, no te dejes vencer por los temores. Dejá de llorar, matá tus pretensiones, acompañala y que se sienta la más querida del mundo porque es una persona hermosa.
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Pastor Selser tiene 53 años y vive con su esposa y sus dos hijos, Marcos (20) y Micaela (18). A la hora de decidir cómo se llamaría, cuenta que sus padres se debatían entre Pastor, Sinforoso y Belgrano, tríada que adjudica a haber nacido en una familia de origen ítalo-rumano de catorce hermanos en la que los nombres más comunes ya estaban agotados al momento de su llegada. Empresario desde hace treinta años, se dedica a la organización de eventos. A partir del 2015 comenzó a invertir gran parte de su tiempo en su formación como actor, profesión que le entusiasma. Esto le ha permitido participar en distintos cortometrajes y películas argentinas. Actualmente confiesa que el proyecto más ambicioso en el que se encuentra trabajando, aunque suene simple, es en ser feliz.





Sábado, 03 de noviembre de 2018

 
 
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