Miércoles, 8 de Septiembre de 2010 - Temp: º - H: 32
Radiodifusores
Agresión policial al denunciante de la causa por la publicidad oficial en Corrientes
 
| Radiodifusores | El periodista Guillermo González del Castillo, denuncia que fue agredido en confuso e inexplicable episodio, se trata del querellante de la causa por publicidad oficial en Corrientes, que entre otras derivaciones se vincula con el supuesto suicidio de González Moreno, hombre fuerte del gobierno anterior en materia de pauta oficial.


La víctima cuenta su historia de la siguiente manera: "mirá, pasó lo siguiente: hay un altercado con el personal del supermercado por el importe de una cajita de repuestos para afeitar.

Cuando la discusión sube de tono la gente de la seguridad privada -supongo- intenta detenerme. Yo me resisto. Allí, ya con la colaboración de gente uniformada, plantan un testigo que tenía toda la traza de ser alguien que actuaba en complicidad con la empresa o con la policía. El tipo se niega a identificarse. Me agrede. En ese contexto yo me asusto y dos policías me fuerzan a ir al playón anexo al comercio y me esposan.

Después de alrededor de diez o quince minutos, me meten en un patrullero. Me golpean (mucho). Me trasladan a la comisaría central, esa que está frente a plaza 25 de Mayo, y me siguen golpeando: patadas, piñas, todo el repertorio convencional de la brutalidad policial. Lo que más intimidaba era el asedio psicológico. Por caso, frases del tipo "vos acá no existís, no tenés testigos, podemos hacer cualquier cosa". O "¿sabés cuánta gente terminó de acá arrojada al río con un agujero en el estómago?" Otra: "Acá estamos en el 75". Estas frases son gravísimas si las contextualizamos debidamente, recordemos que en el "75 la policía era más importante que casi ninguna otra fuerza en la represión ilegal pese a estar subordinada a Ejército, y en Corrientes aparecieron cuerpos flotando en el río Paraná un par de años después, entre otros el de Rómulo Artieda.

"El médico legista -prosigue- que en teoría debía revisarme, estaba a cinco metros de los hechos y pese a que yo insistí varias veces en pedirle que me revelara su nombre, siempre se escudó en el anonimato. Tampoco me dejaban llamar por teléfono para que algún abogado acudiera en mi auxilio. Encima, hubo una ristra de testigos -policías mujeres por ejemplo- que miraban la escena como si lloviera; daba la sensación de que naturalizaban la barbarie. Uno tenía la idea de que golpear es una costumbre en ese ámbito.

Transcurrida media hora en esas condiciones, deciden trasladarme a la comisaría 4º, donde los golpes se acrecientan. En un momento me ordenan que me arrodille y como yo me niego, me derriban a las patadas. Allí el más sádico de la escuadra policial se pone a mis espaldas y me obliga a rezar el padrenuestro a los gritos.

Como supuse que me apuntaba con un revolver y estaba a las puertas de algo no tan lejano a un fusilamiento a sangre fría, tuve que rezar pese a mi agnosticismo.
El suplicio concluye cuando se acerca un funcionario de la comisaría que me saca las esposas. A las tres o cuatro horas, ya entrada la noche, vienen Carlos Luque y Gabriel Matta y logran que yo sea liberado.

Una vez que que llego a casa y reviso mi bolso advierto que me faltan $1.100. La inferencia obvia es que me robaron los policías.
Eso. Acá concluye la historia..." concluye el periodista.

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