Ucrania evacúa civiles en Zaporizhzhia para ponerlos a salvo
Mientras las fuerzas rusas se acercan y la artillería destroza la última resistencia, un puñado de policías y voluntarios acelera el éxodo de lo que queda de Huliaipole: “Escuchamos los disparos, están cada vez más cerca”
El motor del vehículo de evacuación resuena por las calles mudas de Huliaipole, recorriendo una avenida que hasta hace poco fue la columna vertebral de una ciudad viva y ahora sólo exhibe fachadas desplomadas y automóviles rodeados de polvo y metralla. Alrededor, los escombros cuentan la historia de un sitio donde, antes del estallido, habitaban cerca de 15.000 almas y hoy apenas quedan medio millar. Es la última frontera donde la vida civil resiste al avance militar en la región de Zaporizhzhia, Ucrania.
La rutina del día consiste en recoger lo que cabe en un par de bolsos viejos, cerrar con resignación la puerta de la casa en ruinas y dejarse guiar, apoyada del brazo de un policía, hacia una furgoneta blindada. Así partió Kateryna Ischenko, setenta y ocho años, espalda encorvada y esperanza implacable.
—Dicen que los rusos avanzan por Uspenivka y por aquí cerca —le comenta al oficial—. Pero nadie sabe lo que significa. Sólo escuchamos los disparos. Están cada vez más cerca.
Unos kilómetros más adelante, la carretera muestra las consecuencias de la batalla: vehículos destruidos dan vuelta boca arriba como animales muertos y algún gato enjaulado maúlla su desconcierto. A través de la ventana, Ischenko se aferra al convencimiento de que el destino de su pueblo aún se puede torcer.
—Creo en la victoria, que Dios nos dé paz, que Dios nos dé paz —murmura—. Vamos a resistir, Huliaipole es fuerte.
En la penumbra de otra casa, Polina Plyushchii —ochenta y cuatro años, gestos cansados y ojos inundados— intenta asumir que marcharse es sobrevivir. Llora mientras la ayudan a salir; afuera, drones emiten un zumbido agudo, presagio de algo peor. Recuerda la última vez que se atrevió a poner un pie en el patio.
—Da miedo, están bombardeando. Esta mañana escuché un dron, luego explotó, sonó muy fuerte —relata—. ¿Por eso decidió irse? —pregunta alguien. Ella asiente—. Sí… no puedes salir ni al jardín. Estás en tu casa y ni siquiera se puede caminar en tu propio patio.
El jefe del Estado Mayor de Ucrania, Oleksandr Sirski, lo sintetiza con frialdad quirúrgica: los rusos han tomado tres localidades en Zaporizhzhia, empujando a las fuerzas ucranianas a retirarse de cinco pueblos. Batallas agotadoras, pérdidas considerables, retirada para evitar más bajas. Cada metro, según Sirski, le cuesta a Rusia cientos de vidas, pero la tierra arrasada cambia de dueño y las rutas de escape se estrechan.







































